Diversas son las formas de medir el éxito de una política deportiva de un país. Tal vez los Juegos Olímpicos constituyan el mayor termómetro que informa la temperatura de cuánto se hizo por él, o cuánto no, ya no sólo en el tiempo que media entre cada cita, sino con un programa razonable y metódico que se extienda en el tiempo. Esos guarismos pueden surgir del número de participantes, de la calidad de estos, de sus logros. En sitios como la Argentina, donde los vaivenes en el apoyo se han hecho un estigma que persigue a nuestros representantes, sin importar el signo político de quien gobierne, la situación ha sido muy similar en los últimos años: el éxito se viene atando a los consabidos conceptos del esfuerzo, sacrificio y orgullo propio. Pero también sufrimiento.

Siguiendo esta lógica interpretativa, si los representantes de un país salen de las provincias que lo componen, entonces nos encontramos ante un panorama de absoluta inequidad. Para lo que no sea Buenos Aires, Santa Fe o Córdoba, migajas. Y un larguísimo camino contracorriente para buscar proyectarse.

Tucumán tendrá, de momento, sólo dos deportistas formados en estas tierras en los Juegos de Tokio: Victoria Sauze por el hockey; Emmanuel Lucenti por el yudo. Los dos empezaron a practicar sus deportes aquí; los dos debieron irse de la provincia para ser considerados. Todo un síntoma de lo que nos pasa.

Tanto se dijo y se escribió de manera permanente sobre la carencia endémica de apoyos oficiales y privados que sufre el deporte tucumano, que parece una perorata sin sentido. Pero nunca hay que bajar los brazos, ya no sólo en la prédica, sino también en la lucha por conseguir lo que es necesario. De manera sistemática, se han hecho anuncios sobre inversiones, ayudas, seguimientos, planes o proyectos. De forma consecuente, han quedado dormidos en cajones de escritorio o memorias de computadores, por las causas más variadas, sobre todo económicas.

Desde el Ejecutivo, y desde la Legislatura, han salido ayudas para clubes, instituciones, organizadores, deportistas. Paliativos que no se sostienen en el tiempo y que, para empeorar el panorama, muchas veces se otorgan sólo por cercanía ideológica, o por gestiones de amistad ante el funcionario de turno. La lógica aquí no impera, sino el desorden, propio de una carencia básica de política deportiva amplia, común, seria y programada.

Es finalmente el sector privado, a través fundamentalmente de los clubes, el que termina por dar la cara en esto de apoyar a los deportistas. En los últimos tiempos se han dados muchísimos casos, por ejemplo, en el rugby, acerca de ese aval. Lo demás es tan azaroso como tratar de entender qué se busca.

Otro punto es la infraestructura. Levantar algo que sirva en Tucumán para impulsar sueños deportivos es casi una utopía. Hay ideas que permanecen en una atemporal lista de espera. Hace poco, hubo reuniones para intentar dar pasos adelante en materia de inversión de infraestructura. “Gestionamos el avance de las obras de los playones deportivos para las 93 comunas y para progresar en los proyectos pendientes e ingresar nuevos”, se dijo. Es una luz, que ojalá no se apague al influjo del país de los cambios permanentes y las iniciativas que no avanzan.

Lo cierto, lo triste de todo esto es que el deporte, que muchas veces es usado como caballo de batalla por los gobiernos de turno, sufre golpe tras golpe. Y sólo en su increíble capacidad de reinventarse vuelve a dar pelea. Una y otra vez.